La niña de los vientos I

La niña de los vientos I

 —¿A que hoy hace más calor que el otro día, Kaifu? Hasta ha dejado de nevar en el Yaripon… ¿Quieres que vayamos a jugar con la nieve un día de estos?

    Una leve brisa se levantó, meciendo con la suavidad de un soplido la hierba verde azulada que arropaba las leves colinas de la meseta. La niña se rascó un poco la frente, salpicada por un flequillo del color del cielo, mientras observaba la inmensidad que se extendía frente a ella. Kaifu se recostó junto a ella, posando su alargado cuerpo en el suelo. La niña sonrió. Los longeki solo abandonaban el aire cuando se sentían de verdad relajados y en confianza. Acariciando su morro escamoso con ambas manos, sintió la respiración a tres tiempos del dragón, mientras trataba de acompasar, sin éxito, la suya propia a la del animal. Kaifu abrió su boca, repleta de dientes planos del color de la plata, como indicándole que, si bien toleraba la presencia y el tacto de la chiquilla, tampoco apreciaba que se propasara en sus caricias.

    —Ya, Kaifu, sé que te molesta, pero es que me encanta acariciarte. Es curioso, aunque tengas escamas, si paso mi mano hacia la izquierda, eres tan suave… Pero si lo hago hacia la derecha, me la araño… Bueno, también depende de hacia qué lado mires, ¿no es así?

    Kaifu resopló, como asintiendo. De sus orificios nasales salieron expelidos dos nubes de vaho frío. Uno de ellos alcanzó a la niña, que se estremeció de escalofríos. Se dejó caer, aterrizando de espaldas sobre el mullido pasto. Aquella maniobra sobresaltó al longeki, que alzó el vuelo, serpenteando como una anguila entre las rocas. La chiquilla le miró, implorante. Tras dudar unos segundos, Kaifu regresó junto a ella, tumbándose panza arriba y mostrando su blanca tripa, que resaltaba sobre su cuerpo turquesa.

    —Perdóname, Kaifu. Aunque sabía que no me ibas a abandonar. Menos mal que sabes que a veces hago cosas… ya sabes, exageradas, como dice madre. Pero tú no me juzgas, como los demás. A ti no te importa que no tenga alas, ¿verdad? —se sentó, con su larga cabellera celeste deshecha sobre su cara—. Aunque claro, si precisamente tú tuvieras algún problema con no tener alas, vaya hipo… hipoque… hipocresrí… ¡hipocresía! Eso, que no me salía.

    De nuevo bufó el longeki, revolcando un poco su lomo contra la hierba.

    —Claro, eso mismo… Pero lo que te decía, que sabía que, aunque haga la mayor de las tonterías, siempre ibas a regresar conmigo. Porque los longeki sois más listos de lo que padre y madre dicen. A vosotros no os importa que yo no…

    La niña guardó silencio. Las manos le temblaban, mientras agarraban sendos puñados de hierba con furia contenida. Su cabello comenzó, de pronto, a levantarse, como impulsado desde abajo por una corriente de aire que comenzó como soplo, pero se volvía brisa y viento por segundos. Gimoteaba de forma intermitente, y sus mejillas se enrojecieron mientras una delgada lágrima surcaba sus labios vibrando de temor. Kaifu, sin embargo, no huyó. Se le quedó mirando, penetrándola con sus enormes ojos de turquesa. Esto hizo reaccionar a la niña, que abrió los suyos, respirando con dificultad. Su pelo regresó a su posición original, y tras secarse la lágrima, respiró hondo tres veces y se agarró de los muslos, con las piernas en cruz.

    —Tienes razón, tienes razón… Esto no va a servir de nada. No puedo hacer lo de la otra vez, solo lo empeoraría… Gracias por calmarme, Kaifu. No sé qué haría sin ti, de verdad que no lo sabría…

    No pudo terminar su frase, cuando escuchó un sonido de gong en la lejanía. Tragó saliva, y se asomó al precipicio. Bajo ella, se extendía un poblado de casas de madera, con techos de cañas de kuria teñidos de rojo. Ella sabía muy bien lo que aquel sonido significaba. Tocaba culto. Y con ello, despertar de su sueño. Como imaginando lo que podía pasar por la cabeza de su amiga aeonia, Kaifu apretó su morro contra ella, como tratando de animarla. Pero nada podía hacer aquel dragón por ella. Porque ella no pertenecía a aquel mundo. Aceptando la muestra de cariño con una sonrisa muerta, recogió del suelo su capa y, cubriéndose lo mejor que pudo la cabeza, se despidió con una reverencia del único amigo que tenía. El longeki se la devolvió, con gesto interrogante, antes de emprender el vuelo hacia las montañas para reunirse con sus iguales.

    Tras una corta mirada hacia atrás, la niña emprendió el pesado camino de regreso. Entró en la aldea titubeante, tratando de no coincidir por los senderos con ningún viandante que se dirigiera al templo. Como fuese, aquel esfuerzo siempre era en vano, porque sabía que antes o después llegaría a la puerta de su casa. Y allí estarían todos esperándola, ya que daba la funesta casualidad de que donde ella vivía se celebraban los cultos. Porque ella era la hija de la Sacra Pareja.

    Finalmente, llegó al templo, que consistía en una casa semejante a las demás, pero con tres pisos, separado cada uno por una techumbre carmesí, y unas enormes alas de plata exhibidas en la fachada de la segunda planta. Tal como imaginaba, el pueblo entero la estaba aguardando. Todos con malicia en sus ojos celestes. Todos con muecas de asco, como si una cucaracha se posara en su almuerzo. Todos abriendo sus alas blancas como las nubes.

    La niña se cubrió todo lo que pudo, pero no pudo evitar que todos la reconocieran. En ese momento solo deseó que no hubiera piedras. Pero las hubo. Entre los insultos de paria, maldita, descastada… Entre los escupitajos y los azotes que recibía en la espalda según pasaba… Entre los golpes con las alas de los más jóvenes, que se relamían de gozo al poder castigar a aquella que nunca debió haber nacido… Un guijarro de unos cinco centímetros de diámetro le alcanzó en la coronilla, justo cuando abría el portón para entrar en su casa.

    Cayó de rodillas, y al levantar sus ojos de luna, observó a un hombre calvo con una fina barba azulada, que le observaba con preocupación, pero no le ayudó a levantarse.

    —Otra vez has ido a jugar con los longeki, supongo… —inquirió con gravedad.

    —Sí, padre… Lo siento, yo…

    —No me valen las disculpas, Kasumi. Ponte en pie.

    Kasumi se incorporó, masajeándose la zona en la que había recibido la pedrada. Por suerte, la capa había amortiguado la mayor parte del golpe, pero aún le escocía un poco.

    —¿Te duele mucho? —preguntó, suavizando el tono.

    —No, padre. La capa me ha protegido…

    —De acuerdo, pues ve a tu habitación. En cuanto termine el culto, tu madre, tú y yo hablaremos de tus escapadas al risco. Mientras, descansa un poco… —se llevó la mano a la barbilla, algo incómodo— …hija mía.

    La niña abrió los ojos, como en shock. El hombre salió a la calle, cerrando la puerta a su paso. Tras unos segundos evaluando lo que acababa de ocurrir, se dirigió con paso trémulo a su cuarto, cuestionando lo que había oído. Su padre la había llamado hija mía. Sonriendo, llegó a la puerta corrediza que la separaba de su cama. Tal vez, las cosas iban a cambiar desde entonces. Quizás se acabaría lo de que ojalá nunca hubiera nacido. A lo mejor podría, por fin, sentir que sus padres la querían. Ya fuera por falta de costumbre o por desahogar aquella fuente de sentimientos que brotaba de su interior, Kasumi rio. A grandes carcajadas.

    Aquella fue la última vez que pudo hacerlo. La última, en cinco largos años.

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