Sobrecarga

Sobrecarga

Como un barco descargando palés en el puerto, un terrorífico ruido de explosión retumbó en las paredes de la humilde casa de madera, desgarrando sin piedad el silencio de la madrugada. Sin embargo, el niño no despertó. Parte de ello se debía a que no era la clase de persona que se sobresalta con facilidad, pero lo cierto era que aquellos estruendos estaban a la orden del día, y de la noche. La vida en la Tercera Cuenca estaba vinculada de forma inevitable al trabajo en las minas, por lo que cada vez que se reventaba una pared, o caía un túnel, el eco del derrumbe se hacía notar en toda la aldea. Cuando un ruido, como el de nuestros propios pasos, se hace tan intrínseco a la rutina, el cerebro acaba por ignorarlo. Esto, en menor medida, es lo que les ocurría a los mestizos, que llevaban toda su vida conviviendo con los truenos provenientes del interior de la tierra. 

Un nuevo redoble, más potente que el anterior, sacudió las patas de su camastro. En esta ocasión, el movimiento le despertó. Abriendo de par en par sus ojos grises, se sentó de golpe, como si hubiera tenido una pesadilla. Suspiró al darse cuenta de que era solo la mina chillando, como siempre. Ya despierto, miró la hora, encendiendo, con un chasquido, una pequeña chispa, que danzaba alrededor de su dedo índice. Las cuatro y cuarto. Lo cual significaba que sus padres aún seguían trabajando.  

Se levantó con desgana y, tras vestirse con un abrigo de lana deshilachado, por encima de su pijama, salió de su cuarto. Después de beber algo de agua, se planteó volver a dormir. Respirando hondo, se dio cuenta de que sus ojos no parecían cansados. Se quedó un momento observando la puerta de entrada, como en trance. Tras medio minuto sin mover una pestaña, sacudió la cabeza para espabilarse, y se decidió al fin. Anudándose en torno al cuello una bufanda grisácea, que colgaba de un pequeño perchero junto a la entrada, salió al exterior. 

Una vez fuera, dejó que la brisa nocturna acariciara su cara. En la Tercera Cuenca siempre solía hacer frío, pero aquella noche no se estaba tan mal. Sonrió, y se dispuso a pasar la siguiente media hora deambulando por el solitario pueblo minero. 

El pueblo mestizo recibía ese nombre debido a que, realmente, su raza fue el resultado del cruce que se produjo siglos atrás, entre los humanos oriundos, y una tribu de elfos que emigró a aquellas tierras, cuya sangre se diluyó hace tiempo. Sus descendientes toman rasgos de ambas razas. Sus orejas son redondeadas, a pesar de que en una minoría se pueden encontrar cierta deformidad apicada, herencia de sus ancestros mágicos. Y hablando de magia, casi todos los mestizos eran capaces de usarla. 

La magia en los mestizos funcionaba como una lotería. El talento solía ser hereditario, es decir, si los padres tenían aptitudes, los hijos normalmente también, pero esto no siempre era así. Su parte humana, no mágica, interfería en su capacidad, en mayor o menor medida. Por ello, el espectro se extendía desde el control total de la magia en una de sus cuatro variantes, o la ausencia total de poder, lo cual equiparaba al individuo con un no mágico, o inocuo, como los llamaban. 

El niño, llamado Glanz, había tenido suerte. A pesar de que sus padres no eran la gran maravilla en lo que a control mágico se refiere, sus poderes de Trueno habían aflorado a los diez años, como estaba estipulado, y de forma espectacular. Desde entonces, siempre había podido hacer todo aquello que se le ocurriera, ya fueran filigranas eléctricas, como cargar de energía la luz de su casa sin dificultad… Hasta logró, con ayuda del mago de Agua local, convocar una tormenta que extinguió un incendio en el gremio minero, salvando la vida a varios currantes en un descanso. En definitiva, Glanz tenía un don. 

Un nuevo estruendo se oyó. Esta vez, lo acompañó un fogonazo que iluminó toda la calle, cegando por unos instantes a Glanz. Tapándose los ojos con las manos, exhaló por la impresión. Una vez recuperó la vista, y sus ojos se volvieron a acostumbrar a la penumbra de la calle desierta, trató de encontrar el origen de aquel destello. De la mina no había venido, dado que el foco se encontraba en las casas más céntricas de la aldea. Mirando de un lado a otro, fue buscando algo. No sabía muy bien el qué, pero que el resplandor y la explosión sonaran al unísono no era una coincidencia.  

No tuvo que hacer mucho más esfuerzo, pues ya había un pequeño grupo de chavales de diversas edades, los cuales Glanz conocía del barrio, apostados junto a una casa en concreto. El niño palideció, mientras se agarraba la bufanda como si le estuviera estrangulando.  

—¡Glanz! —le llamó una chiquilla—. ¿Tú también lo has escuchado desde tu casa? ¿Esa no es…? 

Pero Glanz no escuchaba. Como un puma, se deshizo de la calma que siempre le había caracterizado, y se abalanzó hacia la puerta. Estaba cerrada. Tras darle un par de golpes con el hombro, decidió no pensar más. Levantando los brazos, cerró los ojos. Mientras su bufanda comenzaba a retorcerse sobre sí misma, envuelta en electricidad, recorrió por sus brazos, como una culebra, un delgado relámpago amarillo. Entonces, dirigiendo sus manos hacia adelante, y ante el asombro de los que allí se encontraban, lo disparó contra la endeble puerta, que salió disparada en mil pedazos. Sin dar tiempo a sus vecinos de reaccionar, corrió todo lo que pudo hasta una habitación en concreto. Olía a quemado. Entrando como una exhalación, dejó escapar un suspiro de terror. 

En el suelo, cubierto de quemaduras y moratones, yacía un niño de estatura baja. Su cabello naranja estaba ennegrecido, como si le hubiera caído un rayo. Glanz se tiró junto a él, de rodillas, y agarrándolo, lo sacudió, llamándolo por su nombre. 

Poco después, el mago de Agua llegó. Agradeciendo a Glanz que lo encontrara, se llevó al malherido chico a la casa de socorro, para tratar sus heridas. El resto de curiosos se marcharon con el mago, hambrientos de novedades sobre el estado del desmayado. Así, Glanz se quedó solo. Arrepintiéndose, pero sin poderlo evitar, volvió al interior de la casa. Necesitaba saber qué había ocurrido. 

Centenares de pergaminos escritos estaban esparcidos por toda la estancia, garabateados y regarabateados. Glanz se acercó a leer aquellos que habían salido ilesos. Hechizos. Miles de hechizos, técnicas y entrenamientos para fortalecer la magia.  

—No… ¿De verdad has sido capaz de llegar a…? —preguntó en voz alta, como si la habitación pudiera responderle. 

De pronto, calló, sorprendido. En la pared, colgado con una pequeña estaca, se balanceaba un dibujo con los bordes calcinados. Una torre morada, con el techo de cristal. 

Glanz asintió, llevándose la mano a la frente, con resignación. Esforzándose por no romper a llorar, abandonó la casa mientras, a susurros, repetía una y otra vez: lo siento

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