Needle and Silk I

Needle and Silk I

 Esta historia no tiene un principio real. Tampoco sé si tendrá un final, porque en este reino, los finales no existen. En este reino, todo ocurre y nada avanza, todo se desvanece y vuelve a aparecer de nuevo a los pocos instantes. Los insectos andan en círculos, sueñan despiertos. Sus ojos se abren, pero nada ven. Muy pocos son capaces de ver en este reino.

    No conozco nada más que este reino. Pero nada más debería existir, así que, ¿qué debería importarme? Este reino lo es todo, sin embargo, hace ya tiempo que dejó de significar nada. Aquello que ocurrió hace quién sabe cuánto, todo lo que conllevó… la razón por la cual puedo escribir esto ahora, parecía un mal sueño hasta hace poco. Una eternidad que fue prometida, pero que ahora deja escapar la mentira que ocultaba dicha promesa. Me reiría de lo tremendamente estúpido que fue el perpetrador de aquella atrocidad, solo para que al final no sirviera para nada. Todo por preservar la inmortalidad del reino. Todo. Sin tapujos de ningún tipo. Como siempre, en este reino todo equivale a nada. Y a la nada cayó él, arrastrando a todos.

    Este reino, Hallownest, es un sucio páramo desolado. Por rimbombante que pueda sonar el nombre, ningún dios en su sano juicio pondría una pata en este vertedero. Cada edificio, cada túnel, cada sendero… todo me recuerda constantemente al fracaso de mis antecesores. Lo que en su momento fue un lugar brillante, iluminado por el conocimiento y la prosperidad, es ahora un desierto yermo, únicamente poblado por marionetas de ojos naranjas. La infección. Lo único que pudo apagar la cegadora luz del fundador, una enfermedad que controla voces, mentes y voluntades. Hasta ahora he logrado resistir la voz, pero es duro. Un eco que desde la raíz de tu alma te impele a actuar sin actuar, a moverte sin que seas tú quien lo hagas. A existir sin estar existiendo.

    Nunca pensé que mi labor fuera aquella de una heroína. Aquellos a los que se le llamaban héroes no son más que meras sombras de un glorioso pasado. O han encontrado su sitio entre masas ingentes de estiércol de todos los pobladores de Hallownest, yo incluida. No, yo solo me dedico a realizar aquello que se me encomendó. Es muy sencillo: defender estos escombros contra viajeros que busquen sucia fortuna cuales bichos carroñeros, y evitar que la progenie maldita se acerque al gran error de la antigua época: el Huevo Negro. Dos tareas arduas, si las realizara un insecto cualquiera.

    Pero no cualquier insecto puede soportar la imparable infección que hizo sucumbir el nido sagrado que era este reino, ni cualquier insecto puede empuñar la aguja que descansa a mi lado, mientras escribo estas líneas. No soy una heroína, pero tampoco soy una hipócrita. Mis habilidades no tienen igual en todo el reino, y aún no he conocido rival que me haga clavar la rodilla en el polvo. Me llaman la Hija de Hallownest y, aunque no elegimos a nuestros padres, sé la deuda que asumí desde el día en el que nací, hacia mi madre, hacia el reino que me escuchó respirar por vez primera. Mi nombre es Hornet, hija de la Bestia.

    Hubiera querido finalizar este primer boceto de una forma algo más correcta, pero esto es todo el tiempo que me da la vida en Hallownest. Debo ir a los acantilados en busca de carroñeros, y luego haré ronda completa por la capital. Luego, al límite del reino a supervisar el estado de la coraza y, por último, a dormir, cinco horas más o menos. Seis, si se ha dado alguna eventualidad. Espero que no venga algún musgoso y se coma este trozo de papel. No me agradaría tener que escribir todo esto de nuevo.

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