Needle and Silk III

Needle and Silk III

No se me ocurre qué debería escribir hoy. Mi encuentro con el viajero de hace unos días ha sido literalmente el único suceso memorable que ha sucedido en mi monótona vida desde hace mucho tiempo. No sé si alguien llegará a leer esto, pero de ser así, no me gustaría que mi supuesto receptor perdiera su valioso tiempo en leer una triste bitácora de patrulla. Aunque, pensándolo bien, no se me ocurre quién podría leerlo. Tampoco es que en Hallownest quede mucha gente que sea capaz de leer.

Sin embargo, algo me dice que debo continuar. Como si una voz en mi interior me indicara que todo esto merece la pena ser recogido. No me considero una escritora al nivel de los grandes maestros de la capital, pero esto no intenta ser un tratado de historia. Es más bien una forma de desahogar los pensamientos que circulan por mi mente mientras salto entre túneles y títeres con forma de cáscara purulenta.

La Ciudad de las Lágrimas, como se le conoce ahora, es uno de los puntos de interés en mi jornada de vigilancia. No hay día que no me acerque a observar la plaza, en la que la estatua de mi hermano maldito se yergue junto a la de los Soñadores. Se respira una calma extraña, mientras la lluvia proveniente del gran lago empapa el asfalto de las calles. Incluso, si los lamentos y gruñidos de los insectos sin voluntad propia lo permiten, se puede oír una suave voz cantando, proveniente de una de las torres de la ciudad. Realmente mis labores de vigía en la capital no son tan importantes, pero siempre acabo pasando más tiempo allí. Supongo que ese canto consigue, aunque sea por un momento, que mi alma descanse, o algo muy parecido a eso.

Después de la ronda, me dirijo al límite del reino. Aunque intento secarme la capa y la máscara por el camino, no puedo evitar que la ceniza se me quede pegada. Es un incordio, ya que aparte de escocer, luego hay que frotar durante más de media hora. Odio ensuciarme, así que mis visitas diarias a la enorme coraza del wyrm parecen otra broma cruel del destino, que sigue burlándose de mí aunque me empeñe en ignorar su existencia. Como todos los días, desciendo hasta el colosal cadáver del que surgió el rey de Hallownest. Como todos los días, la Marca seguía intacta. También es que nadie en su sano juicio se atrevería a introducir su frágil cáscara en la boca cuerpo titánico en descomposición. Sería como pedir la muerte de rodillas. Igual que lo sería que alguien fuera lo suficientemente estúpido como para plantearse siquiera saquear la Marca, pues caería muerto bajo mi aguja. Sin preguntas. Todo controlado.

Por fin, llegamos al presente. En un túnel inutilizado por su estrechez, tengo apostado uno de mis escondites. En la vegetación es sencillo pasar desapercibida, y llego a los acantilados en tres saltos. Tengo sueño, ha sido un día fuera de lo común, así que creo que puedo permitirme una hora más de descanso. No recuerdo la última vez que lo hice. Diría que algo fuera de lo común vuelva a suceder mañana, pero no debo dejar que el evento de hoy malcríe mi concentración. Hace ya tiempo que me até a esta rutina, por monótona que llegara a resultarme, y lo de hoy no cambia nada. Sin embargo, no puedo evitar que, en mi debilidad, desee revivir esa sensación que me invadió al enfrentarme a ese insecto sin recuerdos. 

Pero eso no vale para nada. Desde que nací. el tiempo me ha enseñado que lo último que puedo permitirme, es desear.

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