Needle and Silk II

Needle and Silk II

 Hace tiempo que dejé de creer en el destino. No existe ningún hilo que conduzca mi vida, ningún libro que dictamine que será de mí mañana. Gran parte de esto se debe a que, de existir, debe estar divirtiéndose como nunca con las vidas que pueblan Hallownest. ¿Un sino que ata a todo insecto a una vida de deambular sin rumbo, con sus cáscaras consumidas por pústulas anaranjadas? Creer es elección de cada uno, y yo elegí no creer en estupideces. Pero lo de hoy, ha desafiado mi agnosticismo como nunca hubiera podido imaginar.

    Aún no he marchado a la capital. Es la primera vez, al menos que sea capaz de recordar, que dejo en mis funciones rutinarias de patrulla, pero estoy segura de que sería incapaz de dar lo mejor de mí misma el resto de la jornada, con este pensamiento nublando mi concentración. Como ya mencioné en la entrada de hace unas horas, me dirigí como siempre a los acantilados, en la última frontera del reino. Un lugar oscuro, poblado por insectos cuyo entendimiento se encuentra a poco de rozar lo salvaje. Hice lo mismo que suelo hacer cada tarde, otear los alrededores en busca de insectos no identificados, asegurarme de que ningún cazatesoros hambriento de banal lujo ose posar una extremidad en territorio del reino, y poco más. Normalmente suelo pasar unas tres horas patrullando, antes de marcharme a la ciudad. Pero cuando había terminado, sentí algo que me desconcertó.

    Más allá de la tumba del viejo Gorb, un insecto muy peculiar se aproximaba al acantilado que hace frontera con el páramo más allá de Hallownest. Observándolo desde el risco, me sorprendió en muchos sentidos. El primero, y más evidente, que parecía portar una máscara sobre la suya propia, a modo de visera. Llevaba un aguijón colgado de la cintura, lo cual significaba que era inteligente. Sin embargo, no era parte de la progenie maldita. Su cáscara, estilizada, se movía con cierto esfuerzo entre los peñascos. En un principio esperaba que acabara despeñándose. No sería el primero al que le ocurría, pero el insecto logró alcanzar mi posición. Finalmente, decidí pasar a la acción.

    He de decir que las sorpresas no acabaron ahí. Le impelí a que se marchara, intentando convencerlo de que no encontraría sino la muerte, si sus intenciones eran las que imaginaba. No me esperaba, como decía, que el insecto en cuestión me respondiera con esa estúpida seguridad. Decía ser, sin que le temblara un ápice la voz, que tan solo era un explorador, y que solo pasaba por aquí de visita. Debió darse cuenta de que no me creía ni una sola de sus palabras, pues se puso en guardia, aguijón en mano. Ningún explorador cualquiera sería capaz de ejercer una pose con la maestría de aquel terco y simple insecto. A decir verdad, no esperaba tener que batirme en duelo esta oscura tarde, pero mentiría si dijera que no sentí cierta satisfacción al empuñar mi aguja contra lo que parecía un rival que, al menos, superaba la mediocridad. Como una exhalación, lancé la aguja cual relámpago. Tal y como había predicho, el muy mentiroso tenía los reflejos de un maestro, pues detuvo en el aire mi dardo. Sin embargo, lo bueno de predecir es que ya tenía pensado una escena parecida. Agarrando con fuerza el hilo, volé hacia el insecto, y le propiné una estocada. Podría haberle atravesado el tórax sin dificultad, pero ya fuera instintivamente, o por un azar fortuito, fue capaz de poner entre mi arma y su cáscara la máscara que llevaba sobre su frente.

    Hace tiempo que dejé de creer en el destino. Pero en aquel instante, pareció abofetearme con sus manos invisibles. La máscara relució al contacto con mi aguja y… Esa máscara… No era posible. Ese patrón ocular, esa energía que pude sentir incluso antes de verla…

    La Maestra.

    Me retiré al instante. Sin dejar hablar a aquel insolente, le insté a que continuara, y me marché sin más palabra. Quizás debería haberle contado todo aquello que necesitaba saber, pero es mejor así. Es un camino que debe seguir él, ya que es a él, y no a mí, a quien llaman desde la niebla. Además, al fin entiendo por qué insistía en desconocer el arte del combate, a pesar de sus habilidades, impresas en su instinto. Parece que, en el tiempo que lleva fuera de Hallownest, sus recuerdos se han disuelto en la oscuridad del yermo no iluminado por la luz pálida. Explicarle todo habría llenado su ya gris memoria de datos que le hubieran dejado más confuso de lo que estaba. Podrá arreglárselas solo, si fue capaz de detener mi acometida. Sin embargo, no puedo evitar pensar que intervenir en su viaje podría haber resultado beneficioso para él. Me hubiera gustado saber el nombre de ese guerrero con mente de espectador. Quién sabe, puede que ni siquiera recuerde eso.

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