Brotes verdes

Brotes verdes

El brote tenía tres raíces de más. Ágato suspiró. Hacía ya tiempo que le venía pasando. La vejez no perdonaba a nadie, ni siquiera a él. 

Levantándose del suelo de un salto, agarró una rama del árbol bajo el que se había refugiado. La rama comenzó a moverse hacia arriba, aupando al anciano a su copa. Desde allí, oteó los alrededores. Aunque para cualquier viajero que lo cruzara era una maraña de enredaderas verdes y marrones, para Ágato cada hoja, cada brizna de hierba, cada minúscula partícula de musgo, tenía un nombre e identidad. Ágato era uno de los pocos supervivientes de la raza druida, habitantes desde tiempos inmemoriales de aquel laberinto vegetal: la Madre Selva, aunque en el exterior lo llamaban la Maleza, o el Bosque Viviente. 

Los druidas eran una raza de lo más singular. Parecían el eslabón perdido entre planta y persona, ya que, a pesar de tener aspecto humanoide, y poseer inteligencia, su cuerpo se comportaba en muchos aspectos como si de un vegetal se tratara. Para alimentarse, aunque podían por el método que el resto de especies acostumbraba, para ellos era mucho más óptimo enterrar sus pies o manos en el suelo, y absorber así el sustrato necesario. Después, subían a lo alto de los árboles, y con estructuras compuesta por hojas, que conectaban con su cabeza, semejantes a sombreros, realizaban la fotosíntesis para recibir los nutrientes que necesitaban. Sin duda una especie extraña, aunque su fisiología no era lo único que los diferenciaba.  

Solo ellos podían usar una magia muy peculiar, a la cual llamaban filomancia. Con ella, podían usar su cuerpo para crear plantas de todos los tipos, tamaños y utilidades. Pero no acababa ahí: eran capaces de dotarles de una vida superior. Esto suponía que, por ejemplo, podían realizar seres como insectos compuestos de finas hojas, los cuales animaban, convirtiéndolos en bizarros seres a su servicio. A estos seres creados, los llamaban filobios. La mera presencia de los druidas era la razón por la cual la Madre Selva estaba viva, y la razón de su fama en el resto del mundo.

Sin embargo, sus movimientos eran cada vez más pesados. Tiempo atrás, antes del comienzo de la guerra, los árboles se entrelazaban como cordones de zapato, y flores de vivos colores y formas imposibles abrían sus pétalos en los rincones más inesperados. La rama que elevó a Ágato era ya un triste remanente de lo que un día fue un laberíntico espectáculo de serpenteantes enredaderas de todos los tonos de verde. Apenas quedaban ya individuos de la floreciente raza druida. El anciano Ágato era uno de ellos. El otro… 

—¡Abuelo, que voy! 

Balanceándose colgada de una liana, una niña de unos once años, de cabello negro y piel blanca como la tiza, se dirigía a toda velocidad hacia el anciano. Con un mortal hacia atrás, aterrizó a pocos centímetros de él, haciendo temblar la rama. Le miró con divertida malicia. 

—¡Un movimiento magnífico, querida! —sonrió, levantando el pulgar. 

—Te ha dado por llamarme así… —respondió, mirando a otro lado—. ¿Qué hacías, abuelo?  

Ágato suspiró, señalando el suelo bajo sus pies. La niña lo observó, arqueando una ceja. De un grácil salto, tomó tierra con suavidad, y acercó su cara al brote que había animado su abuelo. 

—Tiene tres… 

—… raíces de más, no hace falta que lo digas —le interrumpió Ágato, que había descendido con ayuda del árbol—. Voy perdiendo facultades, querida. 

—¡No seas tan dramático! —sonrió, con gesto altivo—. Es normal que, con la edad, veas peor. ¡Es lo que tiene hacerse viejo! 

—Tampoco te he pedido que me llames viejo… —se quejó, suspirando de forma exagerada. 

—Abuelo, perdona, yo… 

—¡Anda la niña, cómo se lo cree todo! —rio con ganas Ágato—. Pero bueno, al menos te he criado para que sepas mostrar compasión, ¡jejeje! 

La niña le dio un empujón, enfadada. El anciano cayó de bruces, y se llevó la mano al hombro, dolorido. Sin embargo, la niña negó, resignada. Su abuelo rio entonces, dándose cuenta de que no se la clavaría una segunda vez.  

—Bueno, bueno… Lo que te decía, querida, cada vez se me hace más difícil animar plantas. 

—Ya te he dicho que exageras, no creo… 

—Átira, no me interrumpas y escúchame. 

La niña cerró la boca, sorprendida. Su abuelo apenas la llamaba por su nombre, a no ser que fuera realmente importante. 

—Escúchame, Átira… —continuó el anciano—. Esto se va acabando. Sé que mi vida se marchita a cada día. Lo que hoy son tres raíces, puede que mañana sean cuatro. Ya te he explicado muchas veces lo que les pasa a los druidas cuando envejecen, ¿cierto? 

—No debemos usar nuestros poderes, porque no podríamos controlar los filobios que creáramos… —lo repitió como si de una lección se tratase. 

—Exacto, querida. Y es por eso que estoy planteándome el dejar de animar a la Madre Selva. Al menos, por un tiempo. Descansar, ya me entiendes. 

—Pero abuelo, eso está muy bien, no te vendría mal descansar. Pero, ¿no te has planteado que, si tu paras de animarla, esto sería un bosque cualquiera, desprotegido de quien quiera destruirlo? ¿No se supone que los druidas debemos…? 

—Exacto, debemos mantener la animación de la Madre Selva, sea como sea. Pero no soy el único druida en el bosque. ¿verdad, querida? 

Los ojos aceituna de Átira relucieron. 

—¡¿Por fin vas a enseñarme a animar, abuelo?! ¡¿De verdad?! 

Ágato asintió, satisfecho. La pequeña druida enloqueció, dando brincos de árbol en árbol, mientras reía, repleta de felicidad. Estaba tan contenta… que no se dio cuenta de que no había rama donde iba a pisar. Se precipitó al vacío, con la cara por delante. Ágato intentó cogerla, pero… 

Un pequeño árbol, cubierto de hojas, amortiguó su caída. Asombrada, miró interrogante a su abuelo. El anciano le devolvió una mirada aún más confusa. Entonces, lo entendió. 

—Eso… ¿lo he hecho yo? —preguntó, mientras en su cara se dibujaba una sonrisa. 

—¡Eres un portento, querida! ¡Tu instinto es increíble! 

Recostándose sobre el manto foliar que le había recogido, le miró, orgullosa. Sin embargo, no podía ocultar su emoción, reflejada en el rubor de sus mejillas, de un sutil tono oliva. 

—No sé de que te sorprendes, nací con este don —respondió, arqueando una ceja. 

—Sí, pero el don no te servirá de nada… —de pronto, el arbolito se dobló, haciendo que la niña cayera de culo en el suelo—… sin entrenamiento. Así que prepárate, porque esto no es un camino de rosas. 

—¿Con quién crees que estás hablando, abuelo? —se levantó, sacudiéndose el trasero de hierba aplastada—. ¡Ya verás lo rápido que te supero! 

—Ah… ¿te he dicho alguna vez que me recuerdas a mí de joven, querida? 

—A todas horas, abuelo. A todas horas —respondió, abrazándolo con fuerza. 

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