Brotes verdes II

Brotes verdes II

No había manera. Por mucho que alzaba los brazos, por mucho que apretara las manos, los labios… de ahí no germinaba nada. 

—¡Vaya asco! —gruñía Átira, sentándose en el musgo, derrotada. 

—No imaginaba que te rendirías tan pronto, querida. ¿Dónde ha quedado esa voluntad de hace días? 

Ágato se acercó por su espalda, sonriendo con tranquilidad. Haciendo un movimiento ondular con el dedo índice, hizo que, entre las piernas cruzadas de la niña, surgiera una flor de hermosos colores rojizos. Ella le miró, algo molesta. 

—Sí, seguro que eso me hace sentir mucho mejor —gruño, recelosa. 

—Pensé que te gustaría, no hace falta ser tan arisca —replicó el anciano, revolviéndole el pelo. 

Átira se apartó, molesta. De un salto, subió al árbol más cercano, mientras refunfuñaba por lo bajo. Ágato suspiró, observando como trepaba a toda velocidad.  Llevaba con lo mismo desde hacía años: cada vez que algo no le salía bien, se subía a lo más alto de la copa de un árbol, para estar sola. En esos momentos, tenía prohibido molestarla; de lo contrario, le retiraba la palabra durante una semana, en los mejores casos. 

Agarrado a una liana a la que había dado vida, se volvió a plantear si era buena idea contarle ya lo de que debía dejarla marchar. Sacudiendo la cabeza, descartó esa opción. No era el momento. Llevaba sin ser el momento desde hacía meses. Alguna vez se lo tendrás que decir, pensaba mientras soltaba la liana para balancearse en la siguiente.  

La Madre Selva había sido animada desde el principio de los tiempos por los druidas, pero esos tiempos parecían a punto de acabar. Sus habilidades, debido a su vejez, comenzaban a tambalearse, por lo que no quedaban muchos días hasta no poder controlar sus creaciones. Y Átira… ella no se merecía algo así.  

Ella tenía potencial. Un potencial enorme, para ser la mejor. Desde que hizo crecer ese árbol bajo ella por instinto, sabía que un talento así estaba desaprovechado cumpliendo una tradición que, en los tiempos que corrían, era ya bastante absurda. Ágato rio por lo bajo, recordando la colleja que le dio su abuela cuando solo era un brote mal parado, cuando se le ocurrió preguntar por qué seguían animando el bosque, que por qué era tan importante. Su respuesta fue la que esperaba. 

‘¿Que por qué, cardo borriquero? ¡Pues porque yo lo hice, mi abuela lo hizo, y todos tus muertos lo hicieron antes de tú, musgo parlante!’ 

Y otra colleja más, para apuntalar. Su abuela sí que sabía hacer que se fijaran los conceptos. Eso sí, no había quien superara su té verde…

Entonces, se dio cuenta. Si algo siempre le aclaraba las ideas era un buen té verde. Emprendió, pues, el rumbo liana a liana, con ágiles brincos que nadie hubiera imaginado posibles para alguien con su complexión. Pero claro, para los druidas, la complexión no era un obstáculo a la hora de moverse por su amado bosque. Llegó al fin a una pequeña casa de madera, cubierta de musgo y pequeños helechos. La puerta se abrió sola, dejándolo pasar como una exhalación. 

Más que una casa, aquello parecía un quiosco, en el que los únicos muebles, si se podían llamar así, eran dos camas de hierba, sujetas por pequeñas ramitas, así como un pequeño mueble construido con los mismos materiales. Allí es donde Ágato dormía con su nieta, y nada más que para ello se detenían bajo es techo. Los druidas no acostumbraban a vivir en espacios cerrados, más que para reposar tras un largo día. 

La portezuela de ese pequeño armario también se abrió sola, mostrando algunos trapos y otros objetos. Entre ellos, un medallón y una taza de fina piedra blanca. Sacó la taza, y la colocó en el suelo. Entonces, respirando hondo, se sentó en cruz y alzó las manos, haciendo movimientos ondulares con estas.  

Varias plantas comenzaron a germinar a su alrededor. La primera, una especie de planta carnívora con forma de saco dentado, solo que, en lugar de fluidos ácidos, contenía agua. Vertiendo esa agua en la taza, la colocó sobre una flor del color de la sangre que había surgido frente a él. La flor comenzó a brillar, y el agua en la taza a calentarse poco a poco. Por último, una hoja de té se deslizó entre la hierba. Desecándola haciendo que envejeciera, la trituró con sus manos y la añadió al agua, que estaba a punto de hervir. Después de un minuto, retiró la taza, quemándose un poco. Desprendía un aroma algo ácido, pero valdría. Desconvocando a las plantas que había creado, que se marchitaron horas más tarde, se dirigió con cuidado al lugar donde había dejado a Átira con sus pensamientos. 

Trepó hasta la copa del árbol en el que se encontraba, y allí estaba, con expresión inmutable, la joven druida, observando el horizonte con una mirada indescifrable. 

—Querida, te traigo… 

—Creo recordar que te dije que no me molestaras si estaba aquí —le interrumpió, sin apartar la vista del frente. 

Ágato le dejó el té a su lado, con una sonrisa de derrota. Entonces, algo encajó en su interior. 

—Átira… ¿Qué es lo que miras tanto? ¿Qué hay allí que te interesa tanto, que no quieres que nadie te lo quite? 

Sin mirarlo, la niña sonrió de oreja a oreja. 

—Eso es justo lo que me pregunto yo. 

—¿Átira…? 

—No me malinterpretes, abuelo —cogió la taza, dándole un sorbo—. Te ha salido algo ácido, para la próxima, pon más té, no tanto calor.  

—¿Me estabas diciendo…? —insistió el anciano, esperanzado. 

—Sí, sí… Pues eso, que cada vez que subo aquí, me hago la misma pregunta que tú me has hecho. ¿Qué hay más allá de este bosque? ¿Cómo de grande es el mundo? ¿Tú lo sabes, abuelo? 

—Sí, sé algunas cosas que me contaron mis padres, pero nunca he visto nada más allá de… 

—Pues yo quiero saberlo. Quiero ver todo lo que solo puedo otear desde mi árbol. ¿Ves aquello? —señaló frente a ella—. Parece un enorme charco de agua. Y eso de ahí —después, a su derecha—. ¿No es eso lo que llamas ‘ciudad’? Es enorme, abuelo. Y eso es solo lo que puedo ver. ¿Qué más puede haber más allá de ese charco, de esa ciudad? 

Los ojos aceituna de la chica brillaban como dos luciérnagas al atardecer. Ágato rompió a llorar. Átira se lanzó hacia él, preocupada, pero él la apartó con suavidad, recuperando poco a poco la serenidad. 

—Ay, mi niña… No te preocupes, es solo que… 

—Abuelo, por favor, no creas que lo he dicho porque me quiera ir… —aseguró, bajando la cabeza— Sé que mi lugar está aquí, animando la Madre Selva. Te prometo que no voy a volver a saltarme los entrenamientos. Seré la mejor druida que jamás existió, de verdad. 

El anciano le cogió de la barbilla, levantando su rostro para mirarla cara a cara. Ella le miró extrañada. 

—Lo serás. Pero no aquí. 

—¿Cómo…? 

—Más allá de ese charco y esa ciudad, hay un lugar en el que podrás convertirte en eso que dices. La mejor druida que jamás existió debe hacer algo que el resto nunca hizo… salir de este bosque. 

—Abuelo… —sus ojos se llenaron de lágrimas—. Pero… la Madre Selva… 

—Ya me las apañaré. Nada de lloriquear, querida —se levantó de un salto sobre una rama—. Si quieres ir allí, tendrás que entrenar como si se te fuera la vida en ello. Ser la mejor conlleva matarse a practicar. ¿Estás de acuerdo? 

Secándose las lágrimas que ya se habían escapado, se incorporó. Arqueando una ceja, recuperó su sonrisa maliciosa de siempre, lo que tranquilizó a su abuelo. 

—¿Quién habla de lloriquear, querido? —levantó el dedo con descaro juguetón—. Si tantas ganas tienes de perderme de vista, tendré que demostrarte de lo que es capaz la mejor druida que jamás existió. ¡A ver si me alcanzas! 

—Oye, ¡que eso de ‘querido’ es mío! 

—¡Ya no, querido! 

—¡¡Oye!! 

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