Alevín Escarlata

Alevín Escarlata

La niña se recostó sobre el regazo de su madre. Solía ser un trasto, todo el día nadando de un lado para otro, sin hacer caso de los que ni ella ni su padre, agotado tras un largo día en el Congreso, le decían. Pero aquella hora, las once de la noche, en la que solo la luz que emitía la pequeña lámpara de micropeces iluminaba la habitación de la pequeña Loza, todo parecía alcanzar al fin la calma.

Loza era una cerúlida. Sus padres, su hermano, y gran parte de los habitantes de la república de Aquoria, también lo eran. Perviviendo como una civilización subacuática, hundida en el lecho de Lago Grande, Aquoria era una potencia mayor en el mundo. Sus habitantes, los cerúlidos, eran una raza mágica, adaptada a la perfección a la vida bajo el agua. De un color azul intenso, que se iba apagando según el individuo envejecía, tanto sus manos como sus pies estaban dotados de membranas retráctiles, que podían dejar libres para nadar a velocidades increíbles. Además, retráctiles eran también unas estructuras en el cuello, a las que llamaban ‘vitaquia’, aunque eran, en definitiva, unas branquias que podían abrir o cerrar voluntariamente. Al abrir la vitaquia, cerraban el conducto respiratorio pulmonar, y viceversa, por lo que estaban adaptados a la vida anfibia. A pesar de que, en tierra firme, necesitaban cierta cantidad de humedad en el aire, sin la cual su piel se secaba, produciéndoles mucho dolor. Para rematar su aspecto casi alienígena, sus orejas, semejantes a cuchillos, podían desplegarse como las alas de un murciélago y moverse como remos, para facilitar el movimiento acuático, y unas membranas translúcidas, de un color turquesa claro por lo general, protegían sus auténticos ojos. 

—¡Mamá, mamá, cuéntame otra vez lo de mi pelo! —pedía insistente la pequeña Loza, haciendo diminutas burbujas con la vitaquia.

—Loza, ya te sabes la historia de sobra, ¿no quieres que te cuente algún cuento? —suspiró su madre, que lucía una larga cabellera púrpura.

El pelo de Loza, por el contrario, tenía un color muy poco común entre los cerúlidos. Al contrario que los tonos fríos, más usuales, era de un color escarlata brillante. 

—¡No, quiero lo de mi pelo, mamá! —volvió a insistir la niña, rebotando con suavidad en la cama.

—Vale, vale, lo que tiene que hacer una… —se recolocó la bata, y comenzó:

— Como otras veces te he contado, cuando saliste del huevo, te costaba respirar por la vitaquia. ¿Por qué era? A ver si te acuerdas…

—¡Porque la tenía tapada! —gritó, entusiasmada—. ¡Y por eso me llevasteis a tierra firme!

—¡Sí, ya desde enana saliste mal, Lozeta!

La chiquilla clavó su mirada en la puerta de su habitación. Un joven cerúlido, de cabello violeta, estaba agazapado tras la entrada, serpenteando con gesto malicioso.

—¡¿Tú qué te crees que haces en mi habitación, estúpido?! —gruñó Loza, irguiéndose con aspecto amenazante, abriendo las membranas de las orejas.

—Tampoco estoy dentro. ¿Qué pasa, se te han empañado las membranas como ayer? —se burló el recién llegado.

—¡¡Que te vayas!! 

—¡Ya está bien los dos! —exclamó la madre—. ¡¡Lirone, ayúdame con estos dos!!

Lirone, un esbelto cerúlido, aunque encorvado por el cansancio, se dejó ver por el pasillo.

—Niños, hacedle caso a vuestra madre, no me seáis gorgones…

—¡Pero si no he hecho nada, papá! —se quejó el chico, haciendo aspavientos con los brazos.

—A tu cuarto, Laúd. Ahora.

El joven guardó silencio. Haciendo una última mueca, que enervó a Loza aún más, se marchó a su habitación, silbando.

—¿Por qué tenéis que llevaros tan mal, tu hermano y tú? —suspiró de nuevo su madre.

—Porque el niño es un inmaduro, y tu hija salta a la primera de cambio, Lota —replicó Lirone, marchándose a trompicones, muerto de sueño.

—No es justo, mamá. No para de meterse conmigo, y siempre nos reñís a los dos.

—Es cierto que tu hermano puede llegar a ser… insoportable, para qué nos vamos a engañar —explicó Lota—. Pero tú también le respondes. Está muy bien que sepas defenderte, pero hay veces que tienes que aprender a… cerrar la boca, ¿entiendes?

—Sí, mamá, ¡pero es que no quiero que se meta en mi habitación, ni que se burle de mí, ni que me llame ‘Lozeta’! ¡Suena fatal!

—A nadie nos gusta que nos hagan cosas que nos molesten, Loza —replicó, sonriendo como mejor pudo—, pero nosotros somos los que decidimos si mostrar que nos molestan. Te lo he dicho otras veces, pero si le demuestras a Laúd que no te importan un alga parda, tarde o temprano se cansara de chincharte.

—Ya… ¡Mamá, cuéntame lo de mi pelo, vamos! ¡Que no me he olvidado!    Rascándose los ojos, la madre bostezó. Por un momento miró la puerta, tentada de marcharse a dormir. Pero, al cruzarse su mirada con la de su hija, llena de esperanza, desechó ese pensamiento. Empujando con suavidad a Loza, para que se acostara, se aclaró la garganta, cerrando la vitaquia unos instantes.

—Bueno, lo que te iba contando, una vez en tierra firme, te dejamos un minuto desatendida sobre la arena de la playa. Teníamos que preparar el material para despejarte la vitaquia de suciedad y restos del vitelo. 

—¡Sí, sí, no hables de lo asqueroso, habla de lo que mola!

—¿Recuerdas lo de ‘cerrar la boca’? Pues eso… —le revolvió el pelo, que se quedó en suspensión, como una medusa flotando en el océano—. ¡Pero si ya sabes lo que pasa! ¿Para qué quieres que lo diga?

—Me gusta escucharlo —le miró, esbozando una amplia sonrisa maléfica.

    —Pues en cuanto volvimos la vista… —Loza dio un salto, sin poder contener la emoción—. ¡un anfibio de lava te había escupido en el pelo!

—¡¡Y entonces, se me volvió rojo!! —la niña se lanzó por toda la habitación a todo gas, haciendo piruetas en el agua como una descosida.

—¡¡A ver en ese cuarto, que ya es tarde!! —gritó Lirone, lo más alto que le permitió su derrotada voz.

—¡¡Eso, Lozeta, que todavía voy y te doy una colleja!! —chilló a su vez Laúd.

Ni siquiera la provocación de su hermano hizo que la niña perdiera un ápice de su alegría. Lota se limitó a que la propia Loza se agotara y, tras cinco minutos de volteretas acuáticas, acabó por caer rendida sobre la cama.

—Te quiero, mamá. Gracias por dejarme olvidada en la arena… —susurró, antes de caer dormida como un tronco.

Lota le dio un beso en la frente y, tras asegurarse de que dormía de verdad, abandonó la habitación, nadando con sigilo. Cerrando la puerta, dejó escapar un poco de aire por la vitaquia, en señal de alivio y felicidad contenida, y fue a reunirse con su agotado marido, que aún revisaba algunos documentos que tenía que preparar para el día siguiente.

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