7: Alas blancas (Epílogo)

7: Alas blancas (Epílogo)

La comitiva avanzaba muda, con el sonido de cascos de caballo acompañando el sosegado, aunque algo tenso respirar de los cinco soldados. Atravesando el bosque sin mayor obstáculo que algún tronco quemado, llegaron finalmente, tras varias semanas de viaje, al claro en la que, imponente, se erguía una torre de piedra cárdena, coronado por un tejado cónico de cristal. En la puerta, un joven mestizo de largo cabello plateado les esperaba. 

—¿Traéis la mercancía? —preguntó, con el ceño fruncido. 

—¿De qué estás hablando…? —resopló uno de los soldados, bajando de su montura con cara de circunstancia. 

—La carne, ya sabéis… —echó un ojo detrás de los recién llegados—. ¿En serio no la habéis traído? ¿Qué clase de mercaderes sois vosotros? 

Los otros descabalgaron también, mirándose entre ellos sin comprender nada. 

—Pero… ¿tú sabes quiénes somos nosotros? —exclamó el primero que había hablado, poniéndose rojo. 

—Se está quedando con nosotros, ¿no os habéis dado cuenta? 

Uno de ellos se quitó el casco, mostrando una brillante y arrugada clava. Con tristeza en la mirada, se dirigió al joven, que vestía una elegante túnica celeste. 

—Usted debe ser el maestro Cyrus, ¿me equivoco? 

—Bienvenido a la Torre, General —endureció el rostro el aludido—. El Maestro le está esperando, pase.  

Con la mano, indicó a otros chicos, de edades semejantes a él, que se hicieran cargo de los caballos. Luego, acompañó a los soldados a través del pasillo circular del edificio, hasta una habitación. Abriéndoles la puerta, les invitó a pasar. Se trataba de un despacho, cuyas paredes estaban forradas de estanterías con libros de tapa de cuero, así como otros objetos que no lograron identificar. Sentado tras un desordenado escritorio, el Maestro de Magia les esperaba, acuchillándoles con su mirada violeta. 

—¿Qué le parece nuestra academia, General? —inquirió, manteniendo las distancias. 

—Llámame Marco, se lo ruego —respondió con voz débil el humano, mientras le tendía la mano. 

El Maestreo dudó unos segundos, pero accedió a estrechársela, sin cambiar el semblante. 

—De acuerdo, Marco, si así lo desea —se recostó en la silla—. Bueno, ambos sabemos lo que le trae por aquí, ¿no? 

—Sin duda, Maestro. 

Uno de sus acompañantes sacó de un zurrón que llevaba a la cintura un pergamino enrollado, y lo extendió en la mesa, que Cyrus había despejado con presteza. El Maestro lo leyó con atención y, una vez terminado, se acarició la perilla. 

—Entonces, si mal no he entendido, esto es un tratado de rendición humana, no de paz —los miró, visiblemente sorprendido. 

—Exacto —contestó Marco, con seriedad—. Reconocemos la culpa que nos toca durante el desarrollo de la guerra, y no ponemos excusas con respecto a nuestras decisiones.  

—Según estipula este tratado, pretendéis dar la independencia a la Primera Cuenca, al Reino del Norte y liberar el oeste de… ¿Está afirmando que la Corona se disolverá? 

—Afirmo. 

—Permita que dude, Marco —se levantó, escrutando el pergamino—. Tu actuación desde que subiste al mando de la Orden de Guerra ha sido… desafortunada, por decirlo de forma leve. 

—O propia de un psicópata, por decirlo de forma sincera… —susurró Cyrus, apretando los puños. 

Marco suspiró, levantándose a su vez.  

—Comprendo que no sea digno de la confianza de nadie. Ni yo mismo confiaría en mi palabra, después de haber traído al mundo el horror y la muerte. En mis hombros cargo con la vida de más seres que… 

—¡¿Ni siquiera ahora va a dejar de llamarnos seres?! —bramó el mestizo, sin poder contener más su ira— ¡Somos personas, pedazo de lunático! ¡Personas como tus soldados, a los que mandaste a asesinar a gente inocente! 

—Cyrus… 

—¡No, no pienso callarme! —se acercó mucho al humano, que bajó la cabeza—. ¿Sabe acaso, señor Generalísimo, lo que es estar en una escuela, con jóvenes de tu edad, y ver como un puto ejército viene a mataros? ¿Ver como el bosque que te protege arde ante tus ojos, ver como tus compañeros vomitan, se desmayan, lloran ante unos monstruos que quieren acabar con ellos, solo por ser diferentes? ¡¿Lo sabe, señor Generalísimo?! —chilló, con el rostro bañado de lágrimas.

—¡¡CYRUS!! 

Una onda de choque lo lanzó contra una estantería. Con sus ojos aún brillando como estrellas, el Maestro se acercó, resoplando. 

—Maestro, yo… 

—Fuera de aquí —ordenó, fulminante—. Esta no es la forma en la que debe comportarse un maestro de Magia. Espera fuera. 

—Lo… siento… —susurró, tratando de incorporarse. 

—No, que se quede. 

Marco se dirigió hacia el mestizo, y le ayudó a levantarse. Este aceptó la ayuda, no sin recelo. 

—Soy yo quien tiene que disculparse —replicó el humano—. No tengo ningún derecho a pedir perdón, pero me gustaría que… 

—Marco —le interrumpió el Maestro—. Aprecio su intención, y estaré encantado de firmar este tratado que propone, si se compromete a cumplir todas las condiciones… 

—Me alegro de que… 

—…pero, espero que comprenda que sus pecados, así como los míos, hacen imposible una relación entre las Órdenes, al menos una que exceda la cordialidad. ¿De acuerdo? 

—De acuerdo. 

—Muy bien, pues si puedo encontrar algo para escribir… 

Horas más tarde, los cinco caballos emprendieron el camino de regreso, con el Tratado del Pneuma firmado por ambos líderes de las Órdenes. En él, se estipulaban las condiciones de la rendición de la raza humana, así como una tregua definitiva entre mágicos e inocuos. Si esas condiciones se respetaron, es otra historia.  

Por lo demás, pocos días después de la firma, encontraron el cuerpo de Marco, General de la Orden de Guerra, ahorcado en sus aposentos. A sus pies, una nota que rezaba: ‘Yo, verdugo del mundo, seré la última víctima de una guerra que yo mismo comencé’. 


Esto que habéis leído, aparte del Reto 7 de #52RetosLiterup, en el que la temática era la fantasía, es el epílogo del primer número de mi nueva serie de relatos Milagros del Viajero, titulado Alas Blancas. He querido aprovechar para hacer un final algo más humano, con menos magias y guerras y más reflexión. Es algo superficial, pero quería darle un final apropiado a lo que es mi primera publicación más allá del blog. Si queréis saber qué ocurrió, podéis leer el relato en sí, que encontraréis en mi cuenta de Lektu, linkeada en la página Sobre mí. ¡Espero que hayáis disfrutado de este proyecto, que no ha hecho más que empezar! 🙂

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