6: El tratado

6: El tratado

El rechoncho enano se rascó la nariz con la mugrienta manga de su camisa. Ante la vista de la imponente Fortaleza, resopló con una mezcla de cansancio y exasperación. Fuera lo que fuese lo que le había llevado a recorrerse medio mundo, montado en carro de caballos, en tiempos de intermitente guerra, más le valía ser merecedor de su tiempo. Dos soldados de la Orden de Guerra le salieron al paso, con sus lanzas en alto. Con gesto incómodo, les comunicó que el capataz de Fferm había llegado. Mientras el cochero, enano también, era guiado por uno de ellos hacia las cocheras, se dirigió al portón de madera, que el otro soldado le abrió con algo de esfuerzo. Una vez dentro del castillo, recorrió el largo pasillo de la entrada, alfombrado de un color amarillo apagado. Iba a pasar a la siguiente sala, cuando la puerta que le separaba de esta se abrió. 

—¡Tafod, viejo carcamal! —bramó una grave y potente voz desde el interior—. ¡Ya pensaba que se te había comido algún bicho por el camino! 

El enano bufó una pequeña voluta de humo, y se internó en la enorme sala del trono. La enorme habitación rectangular, de altos techos y marmóreos suelos, solía ser testigo mudo de innumerables fiestas y bailes, en los mejores tiempos de Enda. Por supuesto, en los tiempos que corrían, celebrar era en lo último que nadie pensaba. Al fondo, un corpulento hombre, vestido con un manto escarlata sobre armadura ligera, de puntiagudo bigote y brillante calva, le indicaba que se acercara, sentado en un majestuoso trono dorado. Tafod le miró, condescendiente. 

—Ya te gustaría a ti, desgraciado… —maldecía para sí. 

—Olvidas mi oído de murciélago, viejo amigo —bromeó el humano, que le había salido al encuentro, en el centro del vacío salón. 

—Y tú que, la última vez que alguien me llamó viejo, ese alguien lo lamentó —le extendió la mano, sonriente—. Me alegro de verte, Marco. 

—Y yo, v… digo, amigo Tafod —se la estrechó con gusto. 

—Bueno, General, siempre es un gusto visitar esta cochambrosa aldea, pero en el mensaje que me llegó, hablabas de algo más importante que un reencuentro amistoso. ¿Puedes justificarme el follaje de los caballos? 

—Créeme que, si aceptas lo que pretendo proponerte, el follaje va a ser un problema del pasado —rio Marco—. Vamos, quiero enseñarte algo. 

Se dirigieron hacia un corredor oscuro. Antes de que el General pudiera llamar a alguno de sus subordinados, Tafod agarró una de las antorchas que colgaban de las paredes, y escupió una diminuta ascua por la boca. Pronto, el pedregoso pasadizo se iluminó con la tenue luz del fuego. 

—Sé que es algo normal entre los de vuestra especie —comentó Marco mientras caminaba junto al enano—, pero te juro que jamás me acostumbraré a lo del aliento de fuego. Si no fuera porque somos amigos… 

—…Sí, que no habría pisado la Fortaleza en mi vida, me lo has repetido demasiadas veces. ¿Hacia se supone que vamos? 

—No quiero estropearte la sorpresa. Por cierto, ¿sabes de nuestras últimas victorias? 

—Sí, algunas noticias me llegan al cortijo —se tropezó, pero logró mantener el equilibrio—. Ya tenéis todo el oeste, ¿no es así? 

—Efectivamente, amigo. Tampoco es que los labriegos de las planicies ofrecieran una resistencia feroz, pero siempre es bueno saberse poseedor de casi la mitad de los territorios del mundo, ¿no? —bostezó—. Además, así hacemos que los gansos del norte no salgan de sus casas para pájaros. Sería un problema si decidieran unirse a los lanzahechizos… 

—Sí, desde luego necesitáis tener todo a vuestro favor. No me malinterpretes, pero comprenderás que poco puede hacer una espada ante un relámpago, General. 

—Precisamente a esto quería llegar. 

Al fin, después de cinco minutos de dar vueltas y vueltas en ese pasaje, llegaron frente a una puerta de madera gris. Marco la abrió con una llave que llevaba al cuello, y dejó ver un pequeño trastero, en el cual solo había un cofre de unos dos metros de longitud, uno de altura, y apenas medio de profundidad. Antes de que el enano pudiera preguntar, el General apretó la empuñadura de la llave. Al hacerlo, una más pequeña surgió de la punta de esta, y la usó para abrir la igualmente diminuta cerradura del cofre. Lo abrió. 

Un resplandor de color verde lima inundó la pequeña estancia. Marco, que se había tapado preventivamente los ojos con el manto, rio al ver a su amigo caer de espaldas, deslumbrado. 

Una vez pudo ver, el enano dejó escapar un suspiro de asombro. Descansaba en el fondo de la caja un ala rosada, semejante a la de una mariposa, que rezumaba pequeñas partículas amarillas y verdes que parecían estar vivas, como pequeños insectos polinizadores en una mañana de primavera. 

—Pero esto… esto es… 

—Un ala de feera, amigo Tafod. Auténtica, y a rebosar de magia en estado puro. 

—Pero esto significa… ¿La Cizalla…? 

—Un éxito rotundo. Pero ya hablaremos de esto en la cena. Imaginarás ya a dónde quiero llegar con esto, ¿no? 

Tafod se levantó. La codicia brillaba en sus pequeños ojos reptiles. 

—Con esto… podremos cazar tantos dragones como… 

—…vuestro corazón anhele, querido amigo. A cambio, solo pido exclusividad. ¿Acept…? 

El enano escupió una llamarada al techo, mientras reía a grandes carcajadas. Agarró por el cuello del manto a Marco, y con un hilo de voz que rozaba la desesperación, susurró: 

—Incluso si mi alma pidieras, aceptaría sin dudarlo. 


Bueno, pues aquí está el siguiente reto. Tengo asuntos importantes que atender, de ahí que este sea algo más corto y, en mi opinión, algo peor de lo que suelo hacer. Aún así, no quería dejaros sin relato este domingo, así que al menos cumplo. La sorpresa vendrá pronto, en cuanto termine de ultimar algunas cosas.

En cuanto a este relato he decidido plasmar una escena bastante importante de la historia del mundo en el que se desarrolla mi libro. ¡Espero que os guste, y hasta la próxima entrada!

Enlace al reto, por si os animáis: https://blog.literup.com/52-retos-de-escritura-para-2020/

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