5: El peaje

5: El peaje

—¡El siguiente, pase! 

Suspirando, Avery dirigió su mirada a la pantalla, que reflejaba una tabla en la que se anotaban, por columnas, los datos de los refugiados. Rascándose la nariz, bostezó mientras esperaba que el próximo en la cola se acercara. Ya era el tercer planeta que estallaba en mil pedazos, por culpa de la Raíz Parasitaria. Por suerte, en los peajes galácticos no había nada de valor para aquel extraño ser, que todo lo devoraba, por lo que su único problema se resumía en tener que atender a todo aquel que buscara alojamiento en un cuerpo celeste vecino. Fuera como fuese, tantas caras de amargura y de pérdida había tenido que observar en los últimos diez años, que aquel turbio espectáculo carecía ya de emoción para la agotada funcionaria. 

Desperezándose, sacó la cabeza por la ventanilla, algo molesta por la tardanza del siguiente en la fila. El astrocamión blanco, flotando de forma algo trémula, no parecía querer moverse. Un surinemo salió del vehículo, algo molesto. Tosiendo por sus dos bocas, golpeó con su garra, semejante a la de una mantis, el capó. Tras aporrearlo unas quince veces, logró al fin que reaccionara. Montándose con celeridad, arrancó y se dispuso frente a Avery, que esbozó la más falsa de las sonrisas. 

—¿Nombre y procedencia? —preguntó, apoyando la cabeza sobre la mano. 

—¡Cayulepo, de la luna Surinemu! —graznó, mostrando la fina dentadura herbívora de su boca superior, amenazante. 

—Bien… —tecleó durante unos segundos—. Sí, sí, Cayulepo, aquí le tengo.  ¿Motivo de su traslado? 

—¿No ve lo de ahí detrás, señorita? —señaló con su zarpa la caja de su astrocamión—. ¡Soy comerciante, COMERCIANTE

Ese último ‘comerciante’ lo pronunció con la boca de su estómago, que se abría como un ojo de buey dentado. Su voz era algo más cavernosa que la de la boca principal, aunque apenas se diferenciaban. 

—A la primera le habría entendido… —tecleó de nuevo—. Sí, aquí me pone que trabaja usted para la empresa Cayulepo Sociedad Limitada… ¿Tiene usted documentación que certifique esa afiliación, señor Cayulepo? 

¿ES USTED CÓMICA, ES ESO? —rugió la voz inferior—. ¿No se da cuenta de que yo soy Cayulepo, el fundador y dueño de la empresa que lleva mi nombre? ¡NO NECESITO DOCUMENTACIÓN DE ESE TIPO

Avery resopló, perdiendo la paciencia. Por supuesto que sabía que, si se llamaba como él, tenía que ser el dueño. Sin embargo, necesitaba ese documento para hacer oficial el traslado de los víveres que cargaba, como carnicero que era, según decía su ficha. Iba a insistirle de nuevo, cuando le pareció oír una voz en el interior de la caja. Llevándose la mano a la frente, levitó hacia la puerta de salida de la garita, y se dispuso frente al surinemo, que no parecía nada contento. 

—¿Me haría el favor de abrir ahí detrás, señor? Debo comprobar una cosa. 

—¡Sí, y que me corte la cadena del frío, VA USTED LISTA! —replicó, intentando arrancar. 

—¿Dónde cree que va, Cayulepo? 

Levantando el dedo índice, emitió una onda púrpura que mantuvo detenido en el aire al vehículo. Con el ceño fruncido, Avery se dirigió hacia el portón trasero del astrocamión y, a pesar de los intentos inútiles de Cayulepo, chasqueó los dedos, haciendo que se abriera de par en par. 

La funcionaria abrió sus ojos, los tres, como platos volantes. Entre mantas, y temblando de frío, estaban agazapados siete seres humanos. Pero no eran seres humanos corrientes. Cada uno con el pelo de un color del arcoiris, tal como se podía ver en el planeta Tierra antes de su destrucción un año antes, vestían trajes blancos como la luz más cegadora. 

—Los… Relucientes… Yo… 

—Por favor, señorita… —susurró el surinemo, temeroso de que alguien pudiera escucharlos—. Los señores deben cruzar la frontera como sea. Sé que es su responsabilidad… YA SAB… digo, ya sabe, alertar a la Policía Intergaláctica sobre su paradero, pero ellos no son lo que todo el mundo dice. Ellos quieren librarnos de la Raíz, quieren vengar a su planeta, vengar a todos aquellos cuerpos destruidos… Por favor, apelo a su… 

Avery cerró de golpe, mientras sudaba en finas gotas de color lima.  

—Pueden pasar, está todo bien —sentenció, con seriedad— ¿Dónde se dirige, que no le he preguntado aún? 

A CENDRILLIA. DEBO LLEVAR MIS… VÍVERES, A LA GRAN CENA DE PALACIO CENDRILLIANO. 

—Serán ciento tres mil cendros, por favor.

Una vez cobró lo estipulado por telepago, la funcionaria pulsó el botón que activaba el agujero de gusano hacia Cendrillia. Observando como el astrocamión desparecía entre las redes del espacio-tiempo, juntó sus manos, rogando a sus diosas para que protegieran a aquellos humanos en su travesía. Una travesía que no había hecho más que empezar. 


5. Tu relato debe ser space opera y hablar sobre una travesía por diferentes planetas.

Vale, justo ahora me he dado cuenta de que he usado la palabra ‘travesía’ en el relato, cuando las reglas también la contenían. A ver, no es algo terrible, pero no deja de chirriarme. Bueno, ya en serio, ¡aquí está el reto 5 de #52retosliterup! Con este he decidido darle la vuelta, y en lugar de mostrar las aventuras de ese peculiar equipo multicolor, describir la monótona vida de una funcionaria de peajes con poderes psíquicos. Dado que hablamos de diferentes planetas, decidí dejar de lado el tema ‘estéticamente agradable’, para crear al pesadillesco Cayulepo, aunque no os negaré que le he cogido algo de cariño a mi pequeña abominación.

En fin, sin enrollarme mucho más, espero que os haya gustado y sí, sé que decía que la siguiente a la entrada del otro día sería algo especial, pero me está llevando tiempo tenerlo tan bien como quiero que salga, así que mientras, qué mejor que ir recuperando los retos perdidos durante estas semanas de sequía. ¡Nos vemos mañana, si todo sale bien!

Enlace al reto, por si os animáis: https://blog.literup.com/52-retos-de-escritura-para-2020/

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