4: Recordaréis

4: Recordaréis

¡Ya están otra vez, maldita sea! ¡Siempre la misma pantomima! ¡Parece que disfruten de mi sufrimiento! 

Unos orgullosos y unos necios, eso es lo que son. Seres humanos, estúpidos insectos, no merecedores del mundo que se les fue concedido. Creen ser los amos de la existencia, cuando en realidad son solo hormigas ante la grandeza de Nian. Eones ha que, cada víspera del nuevo año, emergía de las aguas que son mi hogar, para recibir el especulado sacrificio que, por su condición, me debían. Veía en sus pequeños ojos el miedo que le producían mis colmillos como dagas, mis escamas verdes como el más potente de los venenos, o mi rugido, con el que podía acallar cuarenta tempestades. Muchos lograban huir antes de que llegara, mas siempre quedaba algún lechón o labriego descarriado. Como fuera, si mi hambre no era saciada aquella noche, me aseguraba de no dejar casa en pie. Destruir calmaba mi ira, incendiar me saciaba más que cualquier vaca parturienta. La piedad no era una opción, si hablamos de una especie sin valor como es la especie humana. Sin embargo, siempre volvían a reconstruirlo todo. Nunca se daban por vencidos. En aquel entonces, no entendía que motivaba a esas cucarachas hediondas a no bajar la cabeza, y aceptar su desaparición con la dignidad que suponía el hacerlo bajo mi designio. Tampoco me importaba demasiado, ya que poco me costaba, y mucho me regocijaba, demoler todo aquello por lo que habían trabajado entre mis visitas. 

Entonces, apareció él. Ese cadáver andante, con barba blanca adornado. Se atrevió a desafiarme. A mí, al totipotente Nian. Implantó en sus débiles mentes que ellos, en su debilidad, podrían hacer frente a mi grandeza, ¡a mi ley! Escuchando todo desde las profundidades de mi caverna abisal, reí. Reí durante horas, provocando tormentas en todo el océano, pues tal es mi poder sobre los elementos. Agotado de la diversión que aquella hormiga canosa me había proporcionado tan gustosamente, decidí dormir hasta la hora de mi regreso.  

Ese fue mi error. 

Como cada año, ascendí con alegría. No, no como todos los años, aún más feliz, ansioso de presentar el ingenuo plan de aquel vejestorio para detener a un dios como yo. Esperaba encontrar a los temblorosos agricultores, apenas con firmeza suficiente como para sostener sus azadones, cubiertos por el zumo de alguna baya silvestre, que aquel cantamañanas les habría asegurado letal para los de mi categoría. O habría construido un muro de boñiga alrededor del poblado, con la esperanza de que el olor les hiciera menos apetecibles. Estas, y mil teorías más recorrían mi mente, mientras volaba como una exhalación para repetir la masacre de cada año. Sin embargo, no fue eso lo que encontré. 

Rojo. Todo era rojo. Todos vestían de rojo. Rojas velas ardiendo en cada rincón, explosiones rojas que, con estridentes crujidos, retumbaban en mis tímpanos. Mis ojos quemaban. Las crías humanas hacían repiquetear las ollas que sus padres usaban para cocinar sus alimentos. Mis oídos parecían morir, para renacer, para morir de nuevo. Riendo, se acercaban cada vez más. Con sus manos extendidas, pretendían tocarme. Con sus sucias manos de detestables humanos. 

Entonces, yo, el dragón Nian, el dios Nian… supliqué por mi vida. Pero no se detuvieron. 

Una niña, de no más de cinco años, alcanzó a palpar una de mis garras.  Una luz me cegó, mientras me embargaba una emoción que jamás había sentido. Esperanza. Ilusión. Aquella era la fuerza que movía a la humanidad, la que le permitía mantenerse erguido, a pesar de mí. No pude soportarlo y, como una rata, me escabullí, limpiando mis lágrimas en el mar. Aquel día, el ser humano celebró. Celebró el sometimiento de aquel que, durante épocas, había sido su dueño y señor. Y así sigue haciéndolo, cada final de año, para recordarme, con sus petardos y sus rojas sonrisas, que mi tiempo ya pasó, que ya no soy nada ante su ingenio. Vistiéndose de dragón, para burlarse de mí.  

Seres humanos, cochambre de la existencia, juro que algún día volveré. Demostraré que no hay esperanza suficiente como para detener mi ira. Solo esperad, pues pasarán los años, los siglos… y os olvidaréis de mí. Y, cuando eso ocurra, me encargaré de recordaros el miedo que una vez me tuvisteis. Mientras, cantad, reíd, comed, bebed. Celebrad el nuevo año, disfrutad del feliz sueño, en el cual el gran Nian os está permitiendo permanecer. 


4. Haz un relato que ocurra durante el Año Nuevo Chino.

Bueno, ¡pues por fin hay una entrada exclusiva de este nuevo blog! El tema no me llamaba absolutamente nada, pero gracias a cierto consejo, me dio por mirar la mitología detrás de esta celebración, y me encontré al poderoso Nian, derrotado por el rojo y los petardos de una humanidad que hizo uso del intelecto para superar su dominio. Las historias en las que se enaltece la fuerza de la humanidad para superar una adversidad casi invencible, siempre me han tocado la fibra, así que esto se ha escrito solo. ¡Espero que os haya gustado mucho, y siento la tardanza!

Para el próximo, intentaré no tardar tanto. Además, tengo algo especial preparado para la siguiente entrada. ¡A disfrutar!

Enlace al reto, por si os animáis: https://blog.literup.com/52-retos-de-escritura-para-2020/

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