3: Aparta, bicha

3: Aparta, bicha

 —Ocho ojos… ¿Por qué tienen que tener ocho ojos…?
    

—¡Vamos, Selta, no te quedes atrás!
    

Selta respiró hondo por decimonovena vez, y siguió arrancando enredaderas, tratando de seguir el paso a sus compañeros. Su largo cabello plateado no paraba de quedarse atrapado en las ramas y, cada vez que sucedía, no podía evitar sobresaltarse, imaginando la clase de ser que le podría estar reteniendo. El pelotón detuvo su andar, para esperarle.
    

Llegados a un claro del inmenso bosque que llevaban atravesando durante días, decidieron montar campamento. El grupo lo componían unos doce mestizos, ataviados con pobres ropas de cuero, y seis sacos a rebosar, que flotaban suspendidos en el aire. Selta se sentó, agotado, mientras dos de los viajeros murmuraban unas palabras. Los sacos aterrizaron con suavidad, abriéndose. 
    

—Selta, nada de descansar hasta que no hayamos preparado todo —dijo una mujer rubia, con su ceño fruncido.
    

—Eso, hijo, no es momento de holgazanear. Debemos montar esto antes de que anochezca —añadió un robusto hombre, con la cabeza rapada.
    

Selta miró al cielo. Desde hacía cuatro, negros nubarrones tapaban la luz del sol, así que la diferencia entre día y noche se limitaba a una leve disminución del brillo que lograba escaparse de aquel oscuro e imponente muro. Suspirando, se levantó y cogió un par de tablones, para empezar a montar la tienda.
    

—Selta, ¿qué haces? —preguntó su padre, mirándolo con resignación.
    

—Montar… la tienda, papá. ¿No lo ves?
    

—Claro que lo veo, hijo mío de mi vida —respondió, empezando a desesperarse—. Pero lo que digo es que, ¿por qué te ibas a encargar tú de eso? ¿No crees que Bufú y Nimba pueden hacerlo en la mitad de tiempo?
    

—Ya… —murmuró, temblando un poco—. Pero era por cambiar un poco, ya que siempre hacemos lo mismo.
    

—¿Y por qué crees que hacemos lo mismo? —se acercó una chica joven, una de los dos que habían transportado el equipaje por el aire—. Bufú y yo somos los únicos magos de Aire, es normal que hagamos el trabajo duro, para que el resto ahorréis fuerzas.
    

—Sí, eso mismo —sentenció Bufú, ya inmerso en su labor de construcción, haciendo revolotear la lona de la tienda, mientras clavaba la estructura en el suelo, usando corrientes de aire descendentes.
    

El padre de Selta le miró, inquisitivo. El chico miró a sus espaldas, donde solo se extendía el bosque.
    

—Papá, ya sabes que no tengo problema en ser quien vaya a buscar leña, pero…
    

—¿Pero qué? ¿Tienes miedo de que te ataque una sombra? —rio otro de los integrantes, que moviendo las manos iba levantando una mesa cilíndrica de piedra.
    

—No, no es eso, Obelis, sé que no hay sombras por donde hemos venido, pero…
    

—¡Habla de una vez, hijo!
    

—Pero nada, papá, ya voy yo.
    

Dicho esto, dio media vuelta, adentrándose en la maleza. Su padre le dijo algo, pero no pudo oírlo. Ni quiso. Porque para qué iba a intentar entenderlo.
    

Esto no era nada nuevo. Siempre le había tratado así, con esa condescendencia. Selta sabía, por supuesto, que su padre le quería. Sin embargo, todo lo que le decía llevaba impregnado ese tinte de pereza, de no esperar nada bueno. Todo era un ‘inténtalo a ver si puedes’, no un ‘hazlo’ y ya está. Y todo esto, los Pilares, la llegada de esos seres descomunales y la masacre de la Cuarta Cuenca, no había hecho sino aumentar exponencialmente la exigencia. 
    

Y en otras ocasiones, aunque a regañadientes, le había hecho caso, porque sabía que el viaje que habían emprendido dependía de que todos ellos dieran el máximo de sus capacidades. Pero no en aquella ocasión. Una sombra, había dicho el imbécil de Obelis. Ojalá fuera todo eso. 
    

Caminando con torpeza, saltando sobre grandes raíces y evitando arbustos, fue recogiendo las ramas más grandes que veía. No paraba de mirar a su alrededor, como buscando algo. Sin embargo, aquellos que buscaba no parecía querer dar la cara. Eso no hacía sino aumentar su desasosiego, pero no dejó de hacer lo que estaba haciendo. 
    

Por fin, logró recoger suficiente madera como para que la hoguera aguantara toda la noche. Ya iba a darse la vuelta, cuando se dio cuenta de que había olvidado dejar un rastro para regresar. Aunque un escalofrío le recorrió la espalda, no perdió el control. Sabía que era tan fácil como lanzar una señal al cielo, y alguno de los magos de Aire vendría a rescatarlo. No era la primera vez que ocurría. Aunque su padre le echara la gran bronca, era preferible a morir de inanición en aquella maleza interminable.Así pues, se dispuso a lanzar la señal, cuando frente a él descubrió… aquello que había estado buscando con tanto nerviosismo. Perdiendo la fuerza de los brazos al instante, dejó caer la madera.
    

Ocho ojos. Ocho ojos observándole, sin apartar su vidriosa y múltiple mirada. Selta cayó de culo al suelo, pálido. Sobre una roca, una pequeña araña le escudriñaba sin hacer un solo movimiento. El chico comenzó a hiperventilar, deseando no existir. Su cuerpo se encontraba paralizado ante aquellos diez centímetros de tórax y abdomen peludos, aquellas ocho patas curvadas, aquellos ocho ojos, que parecían atravesarle el alma. 
    

En posición fetal, deseó su propia muerte. 
    

Fue entonces cuando recordó la razón por la cual estaba allí. Para recoger madera, para que su grupo se mantuviera caliente esa noche. Para que su padre comprobara al fin que podía confiar en su valía. Su único obstáculo, esa araña, que le contemplaba impertérrita. Sabiéndose ganadora. ¡Pues no! ¡Esta vez, no!
    

—¡¡Aparta, bicha!! —aulló entre lágrimas y, apuntando con un dedo tembloroso, disparó un hechizo eléctrico hacía el arácnido.
    

Escuchó un aullido desgarrador. Luego, el silencio. Selta se desmayó.

***

—¡Hijo, venga para arriba!    

El chico dio un salto. Se encontró con los once, mirándolo con alivio. Era ya de día, y había vuelto al campamento, a salvo dentro de su saco de dormir.
    

—Papá, ¿qué ha ocurrido…?
    

—¡Has matado a una sombra, Selta! —exclamó Nimba—. ¡Nos has salvado!
    

—¿Cómo…? Si yo no…
    

—¡Vamos, hijo, no  seas modesto, no ahora! —sonrió su padre—. Es cierto que luego te desmayaste, pero Nimba lo vio todo cuando fue a rescatarte. ¡Has matado a tu primera sombra!
    

Entonces, Selta lo recordó todo. El relámpago que había disparado hacia la araña se había desviado, dado su horrible pulso por el terror que sentía. Ese chillido que escuchó antes de caer… ¿Era una sombra? ¿De verdad había tenido tanta suerte?
    

—Yo… solo quería matar a una araña, papá. No me merezco tu confianza…
    

—¿Te has frito el cerebro, Selta? —suspiró, abanicándose con la mano—. Sea como sea, el hechizo que usaste fue suficiente como para abatirla. ¡Ahora sabemos que tú puedes encargarte de ellas, y no tendremos que evitarlas!
    

—Pero eso fue… porque quería matar a la araña —explicó Selta, que no se veía con fuerzas para llevarse el mérito—. Creo que sentí tanto miedo, que deseé con todas mis ganas que muriera. 
    

—Entonces… —le interrumpió Bufú, poniéndole la mano en el hombro—. Toca entrenar para poder alcanzar ese estado de nervios cuando lo necesites.
    

—Eso, chico, necesitamos que seas nuestro… destructor, por así decirlo —añadió Obelis, el fornido mago de Tierra.
    

—Vamos, hijo. Sé que puedes hacerlo.
    

A duras penas pudo aguantar las lágrimas Selta que, asintiendo, se propuso desde ese momento convertirse en el escudo de aquella peculiar familia viajera. Y, ya de paso, lograr algún día no desmayarse cada vez que ocho ojos le observaran.
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3. La aracnofobia es un miedo muy común. Haz que tu protagonista la padezca.

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