1: La usurpación fallida

1: La usurpación fallida

Jamás vieron las paredes de la Fortaleza una frivolidad como la de aquella celebración. Casi asfixiadas se encontraban, por los innumerables mantos bordados con el escudo de la Orden de Guerra, las piedras que sostenían el símbolo de un poder ya marchito, tras la independencia de la mayoría de sus territorios en el norte. Música de laúd repiqueteaba insistente por cada rincón del palacio, mientras los invitados hacían como que disfrutaban de una velada que ya se hacía difícil de soportar.

—¿Y cómo se ha tomado el general Bisho la independencia… —comentaba una oronda señora, vestida con un opulento vestido de tonos rosa chillón— …Majestad? 

—Intuyo cierto resquemor en sus palabras, doña Carma —respondió con vehemencia la aludida, una mujer de ojos caídos, con una pequeña tiara sobre su cabello moreno, recogido en un moño. 

—¡Doña, dice! —soltó una sonora carcajada—. ¿Tanto te avergüenza ser mi hermana, Luisa? 

—No, pero lo que sí me podría avergonzar es no seguir el protocolo. Vengo en representación de Equia, y debo… 

—¡Ay, queridísima, todo el día con el protocolo en la boca! —le interrumpió—. ¡Estamos de fiesta, Luisa, muestra algún tipo de emoción, Kayr bendito! ¡Hasta ese vestido que llevas es más alegre que la cara que estás poniendo, hija! 

—No sé qué hay que celebrar —contestó, apartando la mirada hacia el fondo de la sala. 

El general Bisho, un cincuentón de anchas espaldas y prominente mostacho repleto de canas, charlaba con algunos de los invitados, todos miembros de la alta alcurnia del reino. Entre cócteles y risas falsas se divertían familias acaudaladas, capitanes de regimiento y terratenientes agrícolas. Entre la multitud, se podía encontrar alguna oreja picuda, rasgo inequívoco de mestizo de humano y elfo. Por supuesto, ningún ser mágico que no fuera mago artesano licenciado, o la comitiva de Turco Turco, el dueño de las minas del noreste, pisaría una losa de la Fortaleza aquella noche. Ese mismo Turco Turco, con su piel casi negra y sus orejas en forma de puñal, era uno de los ilustres que conversaban con el general, como un grupo de hienas repartiéndose un cadáver recién encontrado. 

—Pues sí, he enviado a mi hijo a la Torre. ¡Mi Loge tiene talento para los truquitos, y hay que aprovecharlo! 

—No digo que no vea las ventajas de que se curta, amigo Turco —carraspeaba Bisho, limpiándose de vino la comisura del labio, con la manga del traje—, pero… ¿con los lanzahechizos? No te tenía por un simpatizante de esa gente. 

—¡Jojojo! —rio con ganas el minerio—. Si te digo la verdad, no me fío un pelo de esos raritos con túnica. Pero, aparte de que consiga más poder, que nunca viene mal… —dio un generoso trago a su copa—. ¡Qué bueno está este vino, por Kayr! Como decía, que aparte de eso, así el cabezón hace amigos. No le falta talento como empresario, pero me ha salido especialito para lo que viene siendo las relaciones sociales. 

—Yo preferiría estar solo antes que ser amigo de un lanzahechizos, pero cada cual con su prole… —se encogió de hombros, sonriendo—. ¡Sagro, aquí, acércate! 

Un joven vestido de negro, de cabello rubio coronado por una diadema plateada, hizo caso de la llamada del engalanado general. 

—¿Me llamaba, señor? —preguntó con voz apagada. 

—¡No veo otro Sagro en esta sala, Majestad! —se burló Turco, levantando la copa—. ¡Bebed con nosotros! 

—Turco, no seas becerro —le reprendió, bromeando—. Dime, ¿cómo llevas lo de tu padre? ¡Gran hombre, Fermio, y mejor guerrero! ¿Sabías que luchamos juntos en el asedio de la Primera Cuenca? 

—Sí, me lo había contado en otra ocasión —fue su lacónica respuesta. 

—Entiendo que cada uno supere el duelo como y cuando pueda, pero han pasado ya diez años, Majestad —resopló el minerio, ignorando lo que iba a decir—. ¿Cuándo os coronaréis rey? Un reino descabezado está condenado al fracaso, y más si es recién nacido. 

—Con todo el respeto, señor Turco —Sagro le clavó su mirada azul—, a Septonia no le falta cabeza. Mi hermana y yo reinaremos cuando la memoria mi padre deje de ser un lastre en nuestro entendimiento. Pero, aunque rey no sea, líder seré para mi pueblo. Además, Enda tampoco tiene un rey legítimo, y de sus cenizas resurgió tras la guerra. 

—Hasta hoy dirás, querido amigo —sonrió ampliamente el general. 

—Sí, hasta hoy. Si me disculpan, señores, voy a hablar con mis hermanas. 

Sin dejar al resto responder, se dio la vuelta, cogiendo su capa para no tropezar con ella, y caminó entre parejas bailando al son del repetitivo repiqueteo de la cuerda pulsada. Tras minuto y medio de codazos y reprimendas, logró llegar a la otra punta de la sala, donde Carma y Luisa le esperaban. 

—¡El que faltaba para la parejita de luto! —vociferó la primera, abanicándose con fruición. 

—Sí, hola… ¿Cómo os encontráis, Majestad? 

—Muy acalorada, y casi sorda, príncipe —contestó en voz baja Luisa—. Aquí doña Carma y yo conversábamos sobre la validez del acto que hoy tendrá lugar. 

—¡Que repipis os ponéis! —se quejó la vestida de rosa—. Pero sí, me parece de cara dura lo que pretende hacer el general. 

—Justo acabo de hablar con él y el señor Turco, de las Cuencas. No es de buen gusto airear opiniones ajenas, pero tampoco lo es acusar de falta de mando a un reino cuando toda esta parafernalia se ha montado con el único motivo de adjudicarse a sí mismo algo que no es. 

—No es de nuestra incumbencia cuestionar los actos de nuestro huésped, hermano —suspiró Luisa, cerrando los ojos—, pero mentiría si dijera que no me disgusta el camino que lleva el gobierno de este reino. Aparte de lo inmoral que resulta la autocoronación de un regente, la fanfarria con la que piensa hacerlo me resulta… —se llevó la mano a la boca, como intentando reprimir la palabra que iba a soltar. 

—¡A él si le llamas hermano! —le miró con resignación—. A mí lo que me parece de risa es que piense más en atribuirse poderes que en tramitar la independencia de Meridia. ¡Los hay con poca vergüenza! —esto último lo dijo en voz alta, por si lo oía quien tenía que oírlo. 

Un cuerno hizo callar a todos los instrumentos y voces por igual. El general Bisho se despidió de Turco y ocupó su lugar en el trono del palacio. Todos se dispusieron en filas, para escuchar lo que tenía que decir. 

—Amigos, hoy es un día histórico —comenzó, rascándose el mostacho—. Bien es cierto que mi actitud es criticable, pero lo que hoy tendrá lugar es algo que debía ocurrir antes o después. Largos siglos hemos esperado al legítimo Rey, pero nunca apareció. No apareció durante la guerra, no apareció cuando la Fortaleza fue destruida, ¡no está entre nosotros, a día de hoy! Es por eso que, para asegurar la paz y la gobernabilidad estable del reino, he decidido autoproclamarme Rey de Enda. 

—¡Desvergonzado! —le acusó un joven fraile—. ¡El destino te castigará por no seguir los designios del Viajero! 

—Que lo saquen de aquí de inmediato —sentenció el general, visiblemente incómodo. 

Un grupo de aprendices de guerrero agarraron por los brazos al fraile, llevándoselo fuera de la Fortaleza entre gritos de blasfemo e impío. 

—Bueno, una vez olvidado este desafortunado incidente, continuemos… ¿Su Eminencia? 

Un anciano jorobado, vestido de túnica morada, llegó a trompicones al trono, cargando con una corona dorada, cubierta de filigranas plateadas. 

—¡La Iglesia de Cayr aprueba, en contra de lo que mi subalterno clamó momentos antes, esta coronación! ¡Al no llegar a nosotros un heredero legítimo, no queda sino admitir que el designio del Viajero es que, hoy día siete del tercer mes del año trescientos veintiuno d. L., sea ascendido al trono al regente Bisho Quimo, general y Comandante de la Orden Guerrera de Enda! ¡Viva el Rey! 

—Su Eminencia, eso es para después de la coronación… —susurró el general, sudando un poco. 

 —Esto… ¡sí! Apoya la rodilla en el suelo, general. 

Hizo lo que le pidieron. Los hermanos intercambiaron miradas de desagrado. No solían estar de acuerdo en nada, pero aquello era demasiado obsceno. Con una sonrisa de seguridad, el regente bajó la cabeza. 

—¿Prometes reinar con disciplina, pero compasión? ¿Con justicia, pero honestidad? ¿Con autoridad, pero empatía? ¿Puedes prometer todo esto? —preguntó con solemnidad el sacerdote. 

—Lo prometo, lo prometo, lo prometo —respondió, meneando el cuerpo con cada golpe de voz. 

Solo un paje real, situado tras el trono, pudo ver, de soslayo, como el general cruzaba los dedos a escondidas. Aunque su primer impulso fue exponer la mentira, supo cerrar el pico. Las penas por injurias a la autoridad eran lo suficientemente terribles como para guardar silencio. Solo Kayr sabía lo que le esperaba al frailecillo que antes interrumpió el discurso del general. 

—Muy bien, levanta la cabeza, general —eso hizo, con la esperanza pintada en el rostro—. ¡Por el poder que me otorga la Iglesia de Kayr, yo, el cardenal de Enda, desde este mismo momento, te corono…! 

El portón de entrada, que desde el principio de la velada había permanecido cerrado, se abrió de golpe. Un pastor, vestido de lanas, corrió por el salón, perseguido por la guardia. Algunos nobles ponían cara de circunstancia al paso del recién llegado, como apestados de su esencia de campesino. Cuando por fin lograron apresarlo, lo llevaron ante el general Bisho, cuyos ojos estaban inyectados en sangre. 

—¡¿Quién te crees para irrumpir así en la coronación de tu futuro rey, paleto lanudo?! —aulló, escupiéndole en la cara más de una gota de saliva. 

—General, vengo con una noticia muy importante… —comenzó el labriego, ahogado por la carrera. 

—¡¿IMPORTANTE?! —dio un pisotón—. ¡¿QUÉ HAY MÁS IMPORTANTE QUE LO QUE HAS INTERRUMPIDO, DESGRACIADO?! 

—La Espada… La han sacado… La Espada… 

Todos aquellos que lo escucharon, desde el general, pasando por el cardenal, la guardia que lo retenía, hasta el paje, palidecieron al instante. Aprovechando que aflojaron sus manos, logró liberarse y dirigirse a los atónitos invitados, exclamando como un lunático. 

—¡La Espada ha sido sacada! ¡Ha sido un niño! ¡El niño ha sacado la Espada! ¡El niño… es el Rey! ¡Ha llegado! ¡Viva el Rey de Enda! 

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1. Haz una historia sobre un baile multitudinario.

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